Anastasiia Krugliak, Estudiante de máster en Gobernanza Internacional y Diplomacia en Sciences Po
Photo: elysee.fr
Francia entra en el ciclo presidencial de 2027 en un estado de fragmentación política. El presidente Macron, que no puede volver a presentarse debido al límite de mandatos, observa un debilitamiento progresivo de su autoridad: los primeros ministros se han sucedido unos a otros, los procesos presupuestarios han llegado a un callejón sin salida y el Gobierno tuvo que ser sustituido por otro tras la moción de censura de diciembre de 2024, cuando, de forma inesperada, votaron conjuntamente a favor de su destitución representantes de la ultraderechista «Agrupación Nacional» (Rassemblement National, RN) y del ultrizquierdista «Nuevo Frente Popular» (Nouveau Front Populaire). Todo ello ocurre en un contexto de crecimiento de los sentimientos populistas de derechas, una tendencia que se observa cada vez con mayor frecuencia tanto en la Unión Europea como fuera de ella. En este contexto, las elecciones presidenciales de 2027 adquieren una importancia especial.
Y no solo para Francia, sino también para Ucrania y para la Unión Europea.
La última encuesta de Ipsos/BVA, realizada para el periódico Le Parisien los días 27 y 28 de mayo de 2026, nos ofrece una fotografía de la situación actual. En los ocho escenarios analizados en esta encuesta, Jordan Bardella, de la «Agrupación Nacional», lidera la primera vuelta, obteniendo entre el 33,5 % y el 36 %, dependiendo de qué otros candidatos participen en la contienda. Sin embargo, el 7 de julio, tras la decisión judicial, Marine Le Pen anunció que la candidata de este partido sería ella misma y no Bardella. Actualmente, obtiene entre el 31 % y el 32 % de intención de voto. Entre los candidatos del centroderecha, Édouard Philippe se mantiene de forma estable entre el 13 % y el 19,5 %, mientras que Gabriel Attal se sitúa entre el 8,5 % y el 17,5 %. Entre la izquierda, Raphaël Glucksmann se mantiene aproximadamente entre el 11 % y el 14 %, mientras que Jean-Luc Mélenchon obtiene entre el 13 % y el 13,5 %. No obstante, todavía es prematuro hablar del éxito de Le Pen. Es importante analizar los cinco escenarios más probables de evolución de las elecciones y cómo cada uno de ellos podría influir en la política francesa.
Intención de voto en las elecciones presidenciales de 2027 (primera vuelta) – resumen. Fuente
Jordan Bardella, recién elegido presidente del partido «Agrupación Nacional», junto a Marine Le Pen tras el anuncio de los resultados del congreso del partido en París, Francia. Photo: Christian Hartmann/Reuters. Fuente
Con tan solo 30 años, Bardella nunca ha trabajado fuera de la política, ascendiendo dentro de la estructura del partido desde la adolescencia. En el pasado mantuvo una relación con Nolwenn Olivier, sobrina de Marine Le Pen, lo que dio pie a acusaciones de favoritismo. Actualmente ha sido objeto de críticas por su relación sentimental con la princesa italiana María Carolina de Borbón-Dos Sicilias, ya que este vínculo amenaza con empañar la imagen cuidadosamente construida de un hombre procedente de la clase trabajadora. Este aspecto es importante porque, a diferencia de Le Pen, hija del fundador del partido Jean-Marie Le Pen, Bardella se presenta como una persona procedente de los suburbios de París, lo que aumenta su atractivo para la base electoral de RN. Esta base está compuesta en gran medida por votantes de clase trabajadora con ingresos más bajos, menor nivel educativo y un fuerte sentimiento de inquietud económica y cultural respecto al futuro de Francia. Muchos de ellos viven en pequeñas ciudades, zonas rurales y antiguas regiones industriales de la llamada «Francia periférica» (territorios alejados de París y de su dinamismo económico, donde la reducción de los servicios públicos y la sensación de abandono son especialmente visibles). Es importante señalar que, para que Le Pen o Bardella puedan ganar, sería necesario bien el colapso del «frente republicano» (la coalición informal de fuerzas de izquierda, centristas y de derecha moderada que tradicionalmente se unen en la segunda vuelta para impedir la victoria de la extrema derecha), o bien una reconfiguración política extraordinaria.
Los puntos fuertes de Le Pen son su alto nivel de reconocimiento público, un electorado disciplinado y la capacidad de movilizar el voto de protesta, mientras que sus principales debilidades siguen siendo un programa económico controvertido y la problemática reputación de RN. Está claro que Jordan Bardella desempeña un papel central dentro del equipo. El ámbito económico está en manos del diputado Jean-Philippe Tanguy; también desempeñan un papel importante Sébastien Chenu, el asesor estratégico Philippe Olivier y Alexandre Loubet. Al mismo tiempo, el partido trata cada vez más de atraer a representantes de las grandes empresas y de la administración pública para reforzar su imagen.
Para Francia, la victoria del equipo de Le Pen conllevaría riesgos principalmente de carácter económico y presupuestario. El programa de RN combina amplias rebajas fiscales (supresión del impuesto sobre la renta para los menores de 30 años, reducción del IVA sobre la energía y los productos de primera necesidad, aumento de salarios sin cotizaciones sociales) con la promesa de reducir el déficit por debajo del 3 % del PIB para 2030, aunque sin detallar, como suele ocurrir en los programas populistas, los recortes de gasto necesarios para lograrlo. El centro de análisis Asterès advierte de que, por el contrario, el déficit podría aumentar hasta el 6,4 % del PIB y la deuda pública superar el 117 % del PIB a medio plazo. Al mismo tiempo, según Allianz Research, las fuentes de financiación anunciadas (la lucha contra el fraude y la reducción de la contribución francesa al presupuesto de la UE) cubrirían únicamente una parte de los gastos previstos. Incluso dentro del propio partido se reconoce este riesgo: el asesor económico de RN, Mathias Renault, calificó públicamente la reacción de los mercados financieros como «el principal problema» del programa. Existe además una contradicción interna adicional en el intento de combinar el proteccionismo (moratoria sobre los acuerdos comerciales de la UE y el plan de garantizar «un 80 % de productos franceses en los comedores escolares») con un acercamiento simultáneo a las grandes empresas. Por ejemplo, en abril de 2026 el partido intensificó claramente sus contactos con el gran empresariado: el 20 de abril Bardella celebró por primera vez un almuerzo oficial con la dirección del Medef, la principal organización empresarial de Francia, y pocos días antes Le Pen cenó con directivos de empresas del CAC 40, entre ellos Bernard Arnault (LVMH) y Patrick Pouyanné (TotalEnergies), intentando «tranquilizar» al mundo empresarial. Los economistas consideran que esta combinación de proteccionismo y retórica favorable al mercado es inestable, ya que Francia es uno de los principales exportadores dentro de la UE y una desaceleración del comercio perjudicaría precisamente a las pequeñas y medianas empresas francesas que el programa promete proteger.
En cuanto a las relaciones con la Unión Europea, el programa de Le Pen prevé una renuncia de principio al papel de Francia como uno de los dos «motores» de la integración europea, sustituyéndolo por un modelo de «Europa de las naciones». Le Pen no propone simplemente una reforma de la UE, sino la eliminación de su órgano ejecutivo supranacional, la Comisión Europea, como tal. En su concepción, esta se transformaría en una especie de «Secretaría General del Consejo», es decir, un aparato puramente técnico sin derecho de iniciativa legislativa ni competencias supranacionales. En lugar de una Unión con instituciones propias, su proyecto prevé la creación de una «Alianza de Naciones» de carácter intergubernamental. En dicha alianza, cada decisión requeriría el consenso de los Estados soberanos y el derecho constitucional francés tendría prioridad sobre el derecho europeo. Las consecuencias prácticas de este modelo serían estructuralmente destructivas para la UE, ya que la Comisión Europea es el motor del mercado único, el coordinador de la política de sanciones, el órgano encargado de negociar acuerdos comerciales en nombre de los 27 Estados miembros y la institución que garantiza la igualdad de condiciones en materia de competencia. Sustituirla por un formato intergubernamental supondría regresar a la lógica de las Naciones Unidas, donde cualquier decisión puede ser bloqueada por un único actor.
En el ámbito industrial, Le Pen defiende el principio del «mejor atleta»: la distribución de los proyectos franco-alemanes conjuntos, como el programa SCAF, entre los productores nacionales más eficientes en lugar de fomentar la cooperación industrial. Esta visión contradice el rumbo adoptado por la UE hacia la integración del sector de la seguridad y la adquisición de una mayor autonomía estratégica en materia de defensa. Europa ya ha elegido una dirección, y es precisamente la contraria. Le Pen pretende reducir la contribución francesa al presupuesto comunitario, actualmente la segunda más importante después de la alemana, lo que debilitaría a la UE como institución. Asimismo, tanto ella como Bardella defienden una de las políticas migratorias más restrictivas de Europa y abogan por una reducción drástica de la inmigración legal, el fin de los programas de reunificación familiar, la eliminación del derecho a la ciudadanía por nacimiento y una reforma del derecho de asilo. En este ámbito cuentan con posibles aliados dentro de la UE, como Hungría, Austria e Italia. No obstante, conviene señalar un matiz importante: RN no está creando una nueva tendencia, sino más bien reforzando el ya existente giro hacia la derecha en la política migratoria europea, consolidando además la división entre dos corrientes de la extrema derecha: quienes están dispuestos a actuar dentro de las reglas de la UE, aunque de manera más dura (Meloni), y quienes cuestionan la eficacia de esas reglas (Orbán, Le Pen y Bardella).
El apoyo francés a Ucrania probablemente también se volvería más limitado y estaría sujeto a condiciones adicionales: el grupo político de Le Pen en el Parlamento Europeo ya votó en contra del desbloqueo de un préstamo europeo de 90.000 millones de euros para Kyiv en febrero de 2026, mientras que ella misma ha rechazado públicamente la financiación presupuestaria conjunta alegando que se trata de «dinero que Francia no tiene», además de oponerse a la adhesión de Ucrania tanto a la OTAN como a la Unión Europea. Esta posición la acerca a la mantenida por el dirigente húngaro Viktor Orbán. Al mismo tiempo, esta reducción voluntaria de las ambiciones francesas de liderazgo dentro de la UE probablemente impulsaría a otros actores regionales a llenar ese vacío. Alemania asumiría una mayor cuota de liderazgo europeo, mientras que el Reino Unido profundizaría su papel bilateral en la coordinación del apoyo europeo a Ucrania. Además, las posibilidades de actuación de cualquier presidente francés están limitadas por el Consejo Constitucional, el Senado y la aritmética parlamentaria, por lo que incluso en caso de victoria de Le Pen la aplicación de cambios radicales a corto plazo sería una tarea compleja. La actual Asamblea Nacional, la más fragmentada de toda la historia de la Quinta República, constituye prácticamente una coalición insuperable contra cualquier gobierno de RN, ya que la izquierda y el centro cuentan conjuntamente con fuerza suficiente para aprobar una moción de censura. La única forma de eludir esta aritmética sería disolver inmediatamente el Parlamento tras las elecciones presidenciales y apostar por nuevas elecciones legislativas, cuyo resultado sigue siendo imprevisible.
Édouard Philippe durante una rueda de prensa en Nimes, el 26 de junio de 2024. Photo: Mikael Anisset/ MAXPPP
Las principales fortalezas de Philippe son su amplia experiencia gubernamental, su reputación como gestor competente y su capacidad para unir al electorado moderado, mientras que su principal debilidad sigue siendo su asociación con las impopulares reformas de la era Macron y la dificultad para ofrecer a los votantes un rumbo político verdaderamente nuevo. Philippe se apoya en el partido Horizons y en un equipo de experimentados responsables gubernamentales y parlamentarios, entre los que destacan su histórico asesor político Gilles Boyer y el exministro Christophe Béchu.
Para Francia, una presidencia de Philippe significaría la continuidad de la disciplina presupuestaria, aunque en una forma menos confrontativa que la propuesta por Le Pen. Su programa económico incluye la reducción de los impuestos a la producción y la eliminación de las cotizaciones sociales sobre las horas extraordinarias. Al mismo tiempo, planea introducir en la Constitución una «regla de oro» que limite el déficit presupuestario e incorporar un componente de capitalización al sistema de pensiones, sin descartar elevar la edad de jubilación hasta los 67 años. El programa de Philippe ofrece respuestas estructurales como la reforma de las pensiones, la «regla de oro» presupuestaria y la reducción de los impuestos a la producción, mientras que los votantes franceses esperan sobre todo una respuesta a otra cuestión: por qué el dinero no alcanza a final de mes, es decir, la relativamente baja capacidad adquisitiva. Esta divergencia entre lo que propone el candidato y lo que preocupa a los electores constituye uno de los principales riesgos de su campaña. Otro riesgo reside en el método elegido para aplicar el programa, ya que Philippe planea disolver el Parlamento inmediatamente después de ser elegido y celebrar tres referendos: sobre la reforma de las pensiones, la «regla de oro» presupuestaria y la ampliación del uso de las ordenanzas gubernamentales a ámbitos como la sanidad, la educación y la justicia. Algunos podrían interpretar este método como un intento de sortear los contrapesos parlamentarios que anteriormente bloquearon las reformas de Macron.
En relación con la Unión Europea, Philippe está profundamente vinculado al «tándem franco-alemán»: habla alemán con fluidez, realizó parte de sus estudios en Bonn y, como primer ministro, defendió públicamente el Tratado de Aquisgrán de 2019 frente a las acusaciones de la RN de constituir una «traición a la soberanía», además de contribuir a la promoción del plan franco-alemán de recuperación de 500.000 millones de euros durante la pandemia. Philippe describe la asociación franco-alemana como una condición indispensable para superar las crisis europeas.
Este posicionamiento es diametralmente opuesto a la lógica de Le Pen, que defiende la distribución de proyectos en lugar de la cooperación. Dado que Philippe apuesta por una mayor integración, en el ámbito de la defensa propone introducir una preferencia europea en las compras de armamento, subrayando la necesidad de contar con un ejército europeo más unificado y potente. Durante el salón Eurosatory de 2026 declaró que Francia debía producir más municiones. Con ello transmite una evaluación clara de la situación de seguridad en Europa: el actual nivel de preparación defensiva, tanto industrial como institucional, no se corresponde con el nivel de amenaza existente.
Philippe aspira a reconfigurar la política migratoria francesa y romper con la dinámica actual, que considera excesivamente pasiva. Quiere dotar al Estado de la capacidad de decidir por sí mismo a quién aceptar y en qué cantidad: su programa contempla una inmigración laboral selectiva adaptada a las necesidades del mercado de trabajo, una integración reformada basada en la formación y el acceso a la vivienda, y procedimientos de asilo más rápidos con una clara diferenciación entre refugiados y migrantes económicos, así como normas más estrictas sobre la reunificación familiar, una ejecución más rápida de las órdenes de expulsión y un mayor control de la inmigración irregular. Reconoce que Francia necesita un cierto nivel de inmigración por razones económicas, pero insiste en que esta debe estar mucho más controlada. Sin embargo, la aplicación de este programa probablemente se enfrentaría a un bloqueo parlamentario. La legislación migratoria es una de las cuestiones más polarizadoras del Parlamento francés: la izquierda bloquea sistemáticamente cualquier endurecimiento de los controles, mientras que RN únicamente apoyaría su propia versión, mucho más dura, de las reformas. Para Philippe esto significa que necesitaría bien la disolución del Parlamento y nuevas elecciones, o bien dolorosos compromisos que diluirían la esencia misma de la reforma. La experiencia de Macron, cuya ley migratoria de 2024 solo fue aprobada después de que la derecha introdujera modificaciones que los centristas consideraban excesivamente severas, constituye un ejemplo ilustrativo.
Por su parte, Ucrania se ha convertido en un elemento visible de la estrategia electoral de Philippe relativamente recientemente: en mayo de 2026 visitó Kyiv, donde se reunió con Volodímir Zelenski y apoyó públicamente la adhesión de Ucrania a la OTAN y el despliegue de tropas europeas tras el final de la guerra. A diferencia de Glucksmann o Attal, que han convertido de forma constante el apoyo a Ucrania en uno de los elementos centrales de su discurso de política exterior, Philippe aborda la cuestión ucraniana principalmente desde la perspectiva de la seguridad europea y del fortalecimiento de la OTAN. Su reciente visita a Kyiv constituyó más bien una señal de continuidad con la actual línea política de Macron que una muestra de que Ucrania sea un tema central de su campaña presidencial. No obstante, existe una diferencia importante: Philippe evita la «ambigüedad estratégica» que se ha convertido en una de las señas de identidad de Macron.
Gabriel Attal tras su nombramiento como primer ministro de Francia. Fuente
Las fortalezas de Attal son su juventud, sus sólidas capacidades comunicativas y su clara posición proeuropea, mientras que sus críticos llaman la atención sobre su relativamente escasa experiencia de gestión y su estrecha vinculación con el legado de la presidencia de Macron. Se espera que Attal se apoye en una parte significativa del capital humano del campo macronista, especialmente en políticos con experiencia en el Gobierno y en las instituciones europeas. Entre ellos podría desempeñar un papel importante la pareja de Attal, el exministro francés de Asuntos Exteriores Stéphane Séjourné, uno de los principales arquitectos de la dimensión europea de la política de Macron, así como expertos en política europea como Pierre-Alexandre Anglade, el exministro de Industria Roland Lescure y la ex portavoz del Gobierno Prisca Thevenot, lo que le proporciona un equipo sólido en cuestiones de integración europea, economía y administración pública.
Para Francia, una presidencia de Attal supondría una versión más dinámica de la misma línea reformista que representa Philippe, aunque con un énfasis más marcado en las transformaciones estructurales del mercado laboral y de la educación. Su programa todavía no está claramente definido desde el punto de vista presupuestario, por lo que ÉlyséeScope clasifica su escenario como una continuación de la trayectoria gubernamental (PSMT). Su propuesta contempla aumentos salariales mediante la lógica del «derecho al salario bruto», lo que equivaldría a la creación de una decimotercera paga, así como una reforma del Código Laboral y la eliminación de las restricciones sobre las horas extraordinarias.
Al igual que Philippe, Attal adopta una posición de centroderecha en materia migratoria y ha rechazado públicamente la lógica del «al mismo tiempo» de Macron en este ámbito, presentándose como un actor más decidido. Attal propone dar prioridad a la inmigración laboral frente a la reunificación familiar e introducir reglas claras: una determinación anual de las necesidades conjuntamente por sindicatos y organizaciones empresariales (los llamados interlocutores sociales, que tradicionalmente participan en la regulación del mercado laboral francés), cuotas aprobadas por el Parlamento y un sistema de puntos inspirado en el modelo canadiense. Su lema es: «acoger menos, pero acoger mejor». A diferencia de Philippe, no ha anunciado planes para disolver el Parlamento ni para convocar una serie de referendos, lo que reduce el riesgo de confrontación institucional dentro del país, aunque deja abierta la cuestión de cómo superará los obstáculos parlamentarios que frenaron las reformas durante la presidencia de Macron.
Attal es federalista e integracionista. Durante el salón Eurosatory 2026 presentó, junto con Philippe, su visión de la política de defensa, haciendo hincapié en la necesidad de aumentar la capacidad productiva y la autonomía industrial de Francia. A diferencia de Le Pen, no defiende la lógica del «mejor atleta» ni propone sustituir los proyectos conjuntos por un reparto de competencias y, en términos generales, considera que los países de la Unión Europea deben «desamericanizar» su defensa. Resulta significativo que, entre todos los candidatos analizados, sea precisamente Attal quien formula de manera más abierta este objetivo estratégico: reducir la dependencia de los sistemas y decisiones estadounidenses en favor de una capacidad europea autónoma. Esto diferencia su posición tanto de la de Mélenchon, que también se opone a la OTAN pero desde planteamientos antiatlánticos y no proeuropeos, como de la de Philippe, que pone el acento en el aumento de la producción sin señalar a Estados Unidos como un problema.
En relación con Ucrania, Attal es una de las principales voces de apoyo a Kyiv entre los candidatos franceses. Con raíces familiares en Odesa, Attal preside el grupo parlamentario de amistad con Ucrania y mantiene una postura más firme frente a la agresión rusa que gran parte de la clase política francesa. Su presidencia probablemente supondría no solo el mantenimiento del apoyo francés a Ucrania, sino también su impulso activo: a diferencia de Philippe, cuya posición favorable a Ucrania se consolidó relativamente tarde como un elemento visible de su estrategia política, Attal ha demostrado este compromiso de manera sistemática y coherente.
Intervención del diputado al Parlamento Europeo Raphaël Glucksmann tras el anuncio de los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo. Fuente:
Diputado al Parlamento Europeo por el grupo socialdemócrata S&D y cofundador del partido «Place Publique» («Plaza Pública»), Glucksmann representa la figura del político de izquierdas «fiable». Su electorado está compuesto principalmente por votantes con un alto nivel educativo, urbanos y orientados hacia el ámbito internacional, concentrados en París y otras grandes ciudades. Una parte importante de sus simpatizantes está formada por personas preocupadas por el aumento de la influencia de la extrema derecha y favorables a un modelo de desarrollo socialdemócrata y proeuropeo. En cuanto a la encuesta de Ipsos/BVA, los resultados situados entre el 11 % y el 14 % indican que Glucksmann dispone de una base electoral estable. Sin embargo, probablemente esto no sea suficiente para acceder a la segunda vuelta sin un debilitamiento significativo o la desaparición de otros candidatos del bloque de izquierdas.
Las fortalezas de Glucksmann son su coherente posición proeuropea, su autoridad en materia de política exterior y su apoyo a Ucrania, mientras que su principal desafío sigue siendo una base electoral limitada y la dificultad para consolidar a toda la izquierda francesa en torno a su candidatura. Glucksmann se apoya en un equipo de socialdemócratas proeuropeos de su partido, entre los cuales desempeñan un papel clave la copresidenta del partido Aurore Lalucq y el cofundador del movimiento Jo Spiegel. Otro aliado político importante sigue siendo el líder del Partido Socialista francés, Olivier Faure, cuya cooperación se convirtió en uno de los factores que favorecieron el acercamiento entre Place Publique y los socialistas tras las elecciones europeas de 2024. Esto proporciona a Glucksmann una sólida base política dentro de las fuerzas de izquierda proeuropeas.
La presidencia de Glucksmann supondría para Francia un intento de aplicar un programa socialdemócrata renovado en un contexto presupuestario extremadamente complejo. Su plataforma económica prevé un aumento del salario mínimo, la revisión de la reforma de las pensiones de 2023 (incluida la derogación del aumento de la edad de jubilación hasta los 64 años) mediante un incremento de la fiscalidad sobre los grandes patrimonios y los beneficios extraordinarios. Los analistas señalan la existencia de una contradicción estructural entre los compromisos de gasto de su programa y la necesidad de reducir un déficit que ya supera el 5 % del PIB: a diferencia de Philippe, Glucksmann no sitúa la disciplina presupuestaria en el centro de su propuesta política. Al mismo tiempo, una de sus ventajas es contar con una base social relativamente definida y una menor vulnerabilidad a las acusaciones de «populismo de izquierdas» que Mélenchon, lo que le abre posibilidades de coalición considerablemente más amplias.
Glucksmann mantiene una posición mucho más moderada respecto a la inmigración que Philippe o Attal: se opone a reforzar los controles como principal respuesta a la cuestión migratoria y pone el acento, en cambio, en la integración y en la lucha contra la discriminación, aunque reconoce que «establecerse en Francia no es un derecho universal». Glucksmann también pretende abordar el debate migratorio mediante la organización de una «convención ciudadana» formada por ciudadanos seleccionados por sorteo, a quienes se presentarán datos demográficos, económicos y de seguridad antes de solicitarles que expresen su opinión. Esto convierte su programa en el más alejado de las posiciones de RN en esta materia, pero al mismo tiempo en el más vulnerable desde el punto de vista de la percepción electoral general, en un contexto en el que la inmigración sigue siendo una de las principales preocupaciones de los votantes franceses.
Glucksmann apoya la profundización de la cooperación en materia de defensa a nivel de la Unión Europea, incluidas las compras conjuntas de armamento y el desarrollo de una capacidad de defensa común. Sin embargo, su identidad política de izquierdas podría dificultar el aumento del gasto militar dentro de Francia, ya que tradicionalmente los votantes de izquierda muestran una actitud menos favorable hacia la militarización del presupuesto. También se pronuncia a favor de sustituir la unanimidad en la toma de decisiones de la Unión Europea por el voto por mayoría cualificada. Esta posición coincide con la visión del ala federalista de la UE, que considera el derecho de veto uno de los principales obstáculos institucionales para transformar la Unión en un actor geopolítico más autónomo.
Para Ucrania, una presidencia de Glucksmann sería un escenario muy favorable. Glucksmann ha apoyado a Ucrania de forma constante y desde el inicio: estuvo personalmente presente en el Maidán durante los acontecimientos de 2013-2014, participó activamente en los trabajos del Comité Parlamentario de Asociación UE-Ucrania y ha defendido públicamente la máxima asistencia militar y financiera a Kyiv, incluido un embargo inmediato sobre los recursos energéticos rusos. Además, su nombre está vinculado a Ucrania a través de su exesposa, Eka Zguladze, quien ocupó el cargo de primera viceministra del Interior de Ucrania.
El líder del partido «La Francia Insumisa», Jean-Luc Mélenchon, durante un encuentro del partido en la ciudad de Angers, el 5 de febrero de 2025. Photo: Sameer Al-Doumy / AFP. Fuente
La principal fortaleza de Mélenchon es su capacidad para movilizar a un electorado disciplinado y leal, mientras que sus posiciones radicales en materia económica y de política exterior limitan considerablemente su capacidad para atraer a votantes centristas en una segunda vuelta. Mélenchon se apoya en un reducido círculo de colaboradores cercanos dentro de «La Francia Insumisa», entre los que destacan el coordinador del partido Manuel Bompard, la presidenta del grupo parlamentario Mathilde Panot, el diputado Éric Coquerel y la vicepresidenta de la Asamblea Nacional Clémence Guetté. Su «estilo autoritario» garantiza una elevada disciplina interna, pero al mismo tiempo refuerza la reputación del movimiento como una fuerza política centralizada y en gran medida dependiente del propio Mélenchon.
Para Francia, la presidencia de Mélenchon supondría la ruptura más radical con la línea presupuestaria y económica seguida por todos los gobiernos anteriores. Su programa prevé la reducción de la semana laboral de 35 a 32 horas, la disminución de la edad de jubilación hasta los 60 años, una amplia nacionalización de sectores estratégicos y la introducción de la «regla del 1 al 20», que limitaría la diferencia entre el salario más bajo y el más alto dentro de las empresas. El centro de estudios Institut Montaigne estimó que un programa similar presentado en 2022 provocaría un aumento del déficit superior a los 250.000 millones de euros anuales, un nivel comparable únicamente al de los gastos extraordinarios del periodo de la pandemia. La reacción de los mercados financieros y de los socios europeos ante un giro de esta magnitud sería probablemente inmediata y contundente.
Mélenchon mantiene una posición diametralmente opuesta respecto a la inmigración en comparación con RN e incluso con Philippe y Attal: se opone a cualquier limitación de la inmigración, considera xenófoba la propia idea de «control» migratorio y propone, en su lugar, un amplio programa de regularización de inmigrantes en situación irregular. En este contexto, el escenario de un «frente republicano» contra RN sería mucho menos fiable para él que para otros candidatos de izquierda, ya que una parte del electorado centrista se negaría a votar por él incluso con el objetivo de impedir la victoria de Le Pen.
La posición de Mélenchon es esencialmente euroescéptica, aunque no antieuropea en el sentido de defender la salida de Francia de la Unión Europea. Mélenchon aboga por una «revisión del Tratado de Lisboa». Su estrategia se basa en la llamada «desobediencia europea»: aplicar su programa incluso si este vulnera las normas de la UE (como el Pacto de Estabilidad o las directivas sobre competencia) y negociar desde una posición de fuerza. El plan contempla la salida de los tratados vigentes si las negociaciones fracasan, aunque sigue siendo impreciso respecto al futuro del euro y del mercado único. Esto implicaría abandonar el límite del 3 % de déficit presupuestario, eliminar las normas de competencia que impiden la renacionalización de determinados sectores, retirarse de acuerdos comerciales de la UE y rechazar el principio de primacía del derecho europeo sobre el derecho constitucional francés. Desde el punto de vista jurídico, la revisión del Tratado de Lisboa requiere la unanimidad de los 27 Estados miembros, es decir, la ausencia total de vetos, algo prácticamente imposible. Por ello, el denominado «plan B» —la desobediencia unilateral— supondría un conflicto directo con los fundamentos jurídicos de la Unión y situaría a Francia en una posición comparable a la de Hungría, aunque con consecuencias mucho más profundas.
Mélenchon defiende una revisión radical, o más bien la ignorancia deliberada, del Tratado de Lisboa (la base jurídica de la UE), la abolición del «Pacto de Estabilidad» y el abandono completo de las normas presupuestarias europeas, lo que conduciría a un enfrentamiento directo con Berlín y Bruselas. En materia de defensa común, es un crítico abierto de cualquier aumento del gasto militar europeo, al que considera una «militarización de Europa», lo que hace que su posición sea fundamentalmente incompatible con la dirección defendida en los últimos años por Berlín, Varsovia y los países bálticos. En relación con la OTAN, propone la salida de Francia del mando militar integrado y, en términos más generales, un distanciamiento de las estructuras de seguridad transatlánticas.
Mélenchon se ha pronunciado de forma constante contra el suministro de armas a Ucrania, calificándolo como un riesgo de escalada, y se opone a cualquier iniciativa que pudiera implicar una participación más activa de Francia. Por ejemplo, LFI votó en contra del acuerdo bilateral de seguridad entre Francia y Ucrania en marzo de 2024, cuando incluso RN optó únicamente por la abstención. Por ello, una presidencia de Mélenchon no supondría simplemente un debilitamiento del apoyo a Ucrania, sino que podría traducirse en un bloqueo activo por parte de Francia de los mecanismos de coordinación de la Unión Europea para apoyar a Kyiv. Esto acerca estructuralmente este escenario al modelo húngaro de Viktor Orbán, aunque con un peso mucho mayor, ya que un veto o un sabotaje pasivo por parte de Francia en el Consejo de la UE tendría consecuencias incomparablemente más graves.
El proceso electoral de 2027 se desarrollará en el contexto de varias tendencias interrelacionadas, cada una de las cuales podría modificar sustancialmente el resultado final. A continuación se explican las principales.
Polarización y fragmentación. La política francesa entra en el ciclo electoral en un estado simultáneo de polarización y fragmentación. El bloque de izquierdas sigue profundamente dividido: solo una parte de los simpatizantes de LFI aceptaría el liderazgo de Glucksmann, mientras que únicamente una parte de los simpatizantes del Partido Socialista aceptaría el liderazgo de Mélenchon. El centro está fragmentado entre Philippe y Attal. Esta fragmentación podría beneficiar doblemente a RN: en primer lugar, en la primera vuelta, al dispersar los votos del campo gubernamental entre varios candidatos; y, en segundo lugar, en la segunda vuelta, al permitir a RN enfrentarse a un adversario menos legítimo o menos consolidado.
El factor judicial y la incertidumbre estructural. Entre las principales incertidumbres del proceso electoral destacó el veredicto judicial en el caso de Le Pen. La decisión del Tribunal de Apelación de París sobre su culpabilidad y su derecho a presentarse a las elecciones, así como su posterior decisión de concurrir personalmente en lugar de presentar a Bardella como candidato, eliminaron la incertidumbre dentro del campo de RN respecto a quién sería su aspirante presidencial.
La oposición «pro-UE frente a anti-Bruselas» como nueva línea divisoria. Algunos analistas prevén que las elecciones de 2027 podrían convertirse en un referéndum de hecho «a favor o en contra de la Unión Europea»: solo el 9 % de los franceses considera que la UE debería recibir más competencias para resolver los problemas nacionales, lo que refleja una tendencia hacia el repliegue nacional más pronunciada en Francia que en los países vecinos. Según el Eurobarómetro de 2025, únicamente el 30 % de los franceses declara tener una opinión positiva de la UE, seis puntos menos que en la primavera del mismo año y muy por debajo de la media europea (42 %). Solo el 27 % de los franceses confía en la UE, frente al 48 % de media en el conjunto de la Unión, uno de los niveles más bajos entre los Estados miembros. En un contexto europeo más amplio, el soberanismo constituye una tendencia general: en Alemania, AfD se ha convertido en la segunda fuerza política tras la Unión Demócrata Cristiana, mientras que en Italia Fratelli d'Italia, liderado por Giorgia Meloni, es ya el partido más influyente.
La inestabilidad como telón de fondo preelectoral. Según una encuesta de la Fundación Jean-Jaurès de abril de 2026, «los votantes están cansados de la impotencia del poder ejecutivo y la demanda de cambio es fuerte», mientras que las elecciones presidenciales de 2027 «prometen convertirse en un momento de gran movilización». Tres años de gobiernos inestables, bloqueos presupuestarios y mayorías parlamentarias incapaces de gobernar configuran un mismo contexto para todos los candidatos: cada uno de ellos se presenta como una respuesta singular y única al caos político existente.
Antes de extraer conclusiones, conviene detenerse en las limitaciones de las encuestas preelectorales, que en los últimos ciclos electorales han ofrecido en repetidas ocasiones una imagen inexacta del resultado final. La situación actual puede interpretarse erróneamente como algo ya decidido, cuando en realidad no es así.
Escribiendo para The Guardian en mayo de 2026, Joseph de Weck, investigador asociado de la Sociedad Alemana de Política Exterior (DGAP), advertía contra la suposición fatalista de que la victoria de la extrema derecha es inevitable y señalaba dos lecciones históricas que conviene recordar. La primera es un fenómeno que a veces se denomina la «timidez inversa del votante de extrema derecha»: mientras que tradicionalmente se considera que los votantes de la extrema derecha pueden ocultar sus verdaderas preferencias, en el contexto francés se ha observado a menudo la tendencia opuesta: los votantes de RN declaran abiertamente sus intenciones en las encuestas, pero no siempre transforman ese apoyo en una victoria en la segunda vuelta, cuando se activa el «frente republicano». La verdadera cuestión, al igual que ocurrió en 2022, 2017 y 2002, es quién logrará pasar a la segunda vuelta y quién será capaz de consolidar el voto de los electores contrarios a RN.
La segunda lección procede de las elecciones presidenciales de 2012, cuando François Hollande era percibido en una fase similar de la campaña por las élites políticas y mediáticas como un candidato demasiado apagado, desacreditado y débil, pero finalmente terminó convirtiéndose en presidente. La conclusión no es que cualquier candidato outsider vaya necesariamente a ganar, sino que la excesiva confianza en las previsiones es uno de los errores más peligrosos en la política francesa. Por otra parte, las elecciones municipales de marzo de 2026 constituyeron un hito importante para el RN de Le Pen, ya que por primera vez el partido obtuvo el control de más de 60 municipios. Sin embargo, esto también podría generar riesgos potenciales para su campaña. De forma similar a lo ocurrido con Reform UK en el Reino Unido, que tras su resonante éxito en las elecciones locales se enfrentó al descontento de una parte del electorado con su gestión municipal, la diferencia entre el voto de protesta y la gestión efectiva podría convertirse también en un desafío político para RN.
Las encuestas no son más que una fotografía del estado de ánimo de la sociedad en un momento determinado. Y dado que un año es un periodo muy largo en política, solo el tiempo mostrará quién se convertirá en el próximo presidente de Francia.
A mediados de 2026, la favorita para la primera vuelta sigue siendo la representante de la «Agrupación Nacional», Marine Le Pen. El factor más determinante en 2027 no será el primer puesto de Le Pen en la primera vuelta, sino si la izquierda moderada, los centristas y la derecha moderada serán capaces de presentar un candidato común fuerte y unitario capaz de detenerla. En caso de que logren mantenerse unidos, el candidato de consenso más probable parece ser Édouard Philippe, aunque entre las alternativas también se consideran Gabriel Attal y Raphaël Glucksmann.
En cualquier caso, si uno de estos tres candidatos consigue consolidar a todo el electorado contrario a RN y alcanzar la segunda vuelta, es muy probable que el «frente republicano» se agrupe en torno a él con un grado de unanimidad poco habitual en la política francesa, lo que reduciría significativamente las posibilidades de victoria de Le Pen. Por el contrario, si se mantiene la fragmentación actual, las probabilidades de triunfo de Le Pen aumentarían considerablemente.
No obstante, independientemente de quién se convierta en presidente, las posibilidades de aplicar los programas electorales estarán seriamente limitadas por la situación económica e institucional. Francia ya presenta un déficit público superior al 5 % del PIB y se encuentra sometida al procedimiento de déficit excesivo de la Unión Europea, lo que reduce de manera significativa el margen para grandes iniciativas presupuestarias. Además, cualquier presidente deberá tener en cuenta la aritmética parlamentaria, la posición del Gobierno y las exigencias de las normas fiscales europeas. Esto significa que será mucho más difícil cumplir costosas promesas electorales que durante las anteriores campañas presidenciales.
Las elecciones de 2027 determinarán no solo la identidad del próximo presidente de Francia, sino también hasta qué punto el país mantendrá su papel como uno de los principales motores de la integración europea, del desarrollo de una política común de defensa, del apoyo a Ucrania y de la configuración de la arquitectura de seguridad europea.
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