Yehor Yarosh, experto en política de EE. UU., exclusivamente para Resurgam
Elbridge Colby. Photo: Getty Images
Elbridge Colby (n. 1979) es un experimentado especialista en seguridad nacional y representante de la generación de jóvenes intelectuales conservadores que desafió los viejos enfoques surgidos tras el 11 de septiembre de 2001: las campañas antiterroristas y las interminables operaciones en Oriente Medio. Durante la primera administración de Donald Trump, Colby desarrolló una rápida carrera: entre 2017 y 2018 se desempeñó como subsecretario adjunto de Defensa para Estrategia y Desarrollo de Fuerzas. Desde ese cargo desempeñó un papel fundamental en la elaboración de la nueva Estrategia de Defensa Nacional (National Defense Strategy, NDS) de 2018, que proclamó el fin de la era de las «guerras interminables» contra el terrorismo y estableció como principal prioridad la competencia estratégica entre Estados.
De hecho, Colby impulsó prácticamente en solitario dentro del Pentágono la idea de que China constituía el desafío central para la seguridad de Estados Unidos, y no la lucha contra los grupos terroristas ni contra los llamados Estados parias, es decir, aquellos regímenes que desestabilizan sistemáticamente el orden internacional, financian organizaciones terroristas o desarrollan armas de destrucción masiva. Como señaló Politico, la reorientación de los recursos de defensa estadounidenses hacia la contención de Pekín encontró resistencia por parte de un sector del establishment militar, pero Colby logró incorporar este giro a la doctrina con el respaldo de la Fuerza Aérea y la Armada. Asimismo, fue uno de los representantes del Pentágono que participaron en la elaboración de la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, el documento de la Casa Blanca que por primera vez identificó de manera explícita a China y Rusia como las principales amenazas para el orden internacional.
En la primavera de 2025, tras el regreso de Donald Trump al poder, Elbridge Colby fue nombrado para uno de los cargos más influyentes del Departamento de Defensa: subsecretario de Defensa para Política. En la práctica, pasó a encabezar la formulación de la renovada estrategia de defensa de Estados Unidos y el proceso de definición de prioridades de la política militar global de Washington. Su nombramiento constituyó una señal del cambio de rumbo: los partidarios de una línea dura frente a China y los escépticos respecto a un exceso de compromisos en Europa obtuvieron una influencia directa en la elaboración de la estrategia de defensa. Resulta significativo que la candidatura de Colby recibiera el respaldo de destacados líderes de opinión del movimiento MAGA —el vicepresidente J. D. Vance y el entonces influyente líder de opinión Charlie Kirk—, mientras que parte de los tradicionales «halcones» de la defensa dentro del Partido Republicano (por ejemplo, el senador Tom Cotton) lo criticaron por considerar que mantenía una postura insuficientemente firme respecto a Irán y otras cuestiones.
En este punto es importante definir con precisión su posición estratégica, resumida en la fórmula: «Homeland First + Asia as the decisive external theater» («la defensa de la patria ante todo + Asia como el teatro exterior decisivo»). Esto significa que la prioridad absoluta es la defensa del territorio estadounidense y del hemisferio occidental; en segundo lugar, el Indopacífico como principal teatro exterior de competencia estratégica; y solo después el resto de las regiones, donde Estados Unidos aspira a mantener su presencia, pero exigiendo que sus aliados asuman una mayor parte de la carga. Esta postura no constituye ni un aislacionismo clásico ni un intervencionismo tradicional, según el cual Estados Unidos actúa simultáneamente como el principal garante de la seguridad en todos los teatros regionales. La lógica de Colby parte de la premisa de que el poder estadounidense dispone de recursos limitados y que estos deben concentrarse allí donde se decide el equilibrio de poder a largo plazo para los propios Estados Unidos.
Colby también dirigió la elaboración de la actual Estrategia de Defensa Nacional (National Defense Strategy, NDS) de 2026, publicada el 23 de enero de 2026. No se trata simplemente de una actualización de la NDS de 2018, sino de una radicalización de aquella. Si anteriormente el principal cambio consistió en abandonar el paradigma de la lucha contra el terrorismo en favor de la competencia entre grandes potencias, la NDS 2026 va aún más lejos: el documento apela explícitamente al «Trump Corollary to the Monroe Doctrine», consolidando la lógica de la defensa del propio continente como fundamento oficial de la estrategia. Washington vuelve así a considerar el hemisferio occidental y el Ártico como su zona básica de seguridad, que no debe quedar bajo la influencia de actores externos. En cuanto al Indopacífico, la noción central es la del «disuasión por negación» (deterrence by denial): un abandono de la aspiración al dominio global en favor de impedir que China pueda alcanzar de forma rápida y exitosa sus objetivos en la región. Colby expuso esta concepción incluso antes de asumir el cargo, en su libro The Strategy of Denial.
El vicepresidente J. D. Vance y Elbridge Colby. Fuente: Getty Images
Elbridge Colby se ha ganado la reputación de ser uno de los críticos más consecuentes de lo que considera una implicación excesiva de Estados Unidos en el conflicto entre Rusia y Ucrania. Asimismo, se opone claramente al ingreso de Ucrania en la OTAN, al considerar que extender los compromisos de seguridad estadounidenses a Ucrania desviaría definitivamente recursos del principal teatro estratégico: el Indopacífico.
Al mismo tiempo, la invasión a gran escala de Rusia en 2022 planteó a Colby y a quienes comparten sus ideas un complejo dilema. Ignorar por completo la guerra en Europa podía conducir a la derrota de Ucrania y al fortalecimiento de Rusia, algo que tampoco beneficiaría a Estados Unidos. Por ello, su postura experimentó una cierta evolución: pasó de un escepticismo casi absoluto respecto a la ayuda a Ucrania al reconocimiento de que era necesario seguir apoyando a Kyiv, aunque de una manera diferente. Un ejemplo ilustrativo es el artículo que el propio Colby publicó en la revista TIME en julio de 2023, titulado «How We Can Help Ukraine While Genuinely Prioritizing Asia» («Cómo podemos ayudar a Ucrania dando auténtica prioridad a Asia»). En esta publicación, Colby expuso, en esencia, un plan conservador de apoyo a Ucrania que, en su opinión, no perjudicaría el objetivo principal: preparar a Estados Unidos para la contención de China.
En primer lugar, Colby sostiene que Europa debe asumir la responsabilidad principal tanto del apoyo a Ucrania como de la defensa convencional (conventional defense) del continente. Por su parte, Estados Unidos no pretende abandonar ni a Ucrania ni a la OTAN, sino romper el antiguo modelo de dependencia (según su interpretación), en el que los aliados europeos descansaban principalmente bajo el paraguas militar estadounidense. Un ejemplo significativo fue la intervención de Colby en la reunión de ministros de Defensa de la OTAN celebrada en Bruselas el 12 de febrero de 2026. The Guardian la describió como «una rara nota conciliadora», ya que Colby afirmó que había llegado el momento de que Estados Unidos y Europa «avanzaran juntos». Esta declaración puede interpretarse como un reconocimiento condicionado de los progresos europeos hacia una mayor asunción de responsabilidades. No obstante, en nombre de Estados Unidos mantuvo intacta la principal exigencia: los Estados europeos deben transformar sus compromisos políticos en capacidades militares reales, en una industria de defensa desarrollada, en reservas estratégicas y en una ayuda sostenida a largo plazo para Ucrania. Igualmente reveladora fue su valoración pública de la nueva estrategia militar alemana en abril de 2026. Colby declaró explícitamente que «Alemania está asumiendo ahora un papel de liderazgo» y que, tras años de desarme, «Berlín está reaccionando». En esta formulación se aprecia con claridad su modelo de responsabilidad aliada: aumento de los presupuestos de defensa, desarrollo de una industria militar propia y apoyo concreto y duradero a Ucrania. En consecuencia, los aliados deben convertirse ellos mismos en los principales productores de seguridad en su propio continente, mientras Washington concentra sus esfuerzos en la contención de China.
En segundo lugar, Estados Unidos debe continuar proporcionando ayuda militar a Ucrania, pero de una forma «más focalizada». Colby subraya que las Fuerzas Armadas estadounidenses disponen de importantes sistemas de armas que tienen una utilidad limitada para una futura guerra en el Pacífico, pero que podrían resultar valiosos para Ucrania. Entre ellos menciona equipos cuya retirada del servicio ya está prevista por el Pentágono: los aviones de ataque A-10, versiones antiguas del F-16, parte de los tanques y vehículos blindados, proyectiles de artillería y misiles antitanque. Conviene, sin embargo, comprender el pragmatismo de este enfoque: una parte considerable de este material ya estaba destinada al desmantelamiento. Su transferencia a Ucrania permite al Pentágono reducir los costes de almacenamiento y eliminación, presentándola al mismo tiempo como «ayuda». La diferencia entre «entregamos aquello que todavía necesitamos» y «entregamos aquello de lo que igualmente vamos a desprendernos» es fundamental y debe tenerse en cuenta al evaluar el valor real de estos suministros. En cambio, Colby excluye expresamente de cualquier transferencia a Ucrania los sistemas considerados críticos para la contención de China en la primera cadena de islas —el arco geográfico que se extiende desde Japón hasta Malasia y que constituye el principal perímetro estratégico de contención en torno a China—, entre ellos los HIMARS, ATACMS, Patriot, NASAMS, Harpoon, Stinger y Javelin.
El tercer elemento clave del enfoque de Colby consistía en modificar el formato de la ayuda a Ucrania. En su opinión, Washington debía pasar de la financiación directa del suministro de armamento a un modelo en el que Europa asumiera el coste, mientras que Estados Unidos se limitara a proporcionar el material desde sus propios arsenales. De hecho, esta fue la fórmula que terminó imponiéndose en la práctica en 2025. Tras la llegada de Colby al Pentágono, el Departamento de Defensa suspendió el envío de varios sistemas de armamento críticos destinados a Ucrania, alegando el bajo nivel de sus propias reservas. Ni el Departamento de Estado ni el Congreso de Estados Unidos habían sido informados previamente. La decisión provocó una notable preocupación entre los legisladores: varios miembros del Congreso cuestionaron abiertamente si la administración había coordinado estas medidas con los aliados y si eran compatibles con las obligaciones establecidas por la legislación vigente. Donald Trump declaró públicamente que desconocía la suspensión de los envíos, distanciándose de hecho de la decisión. Elbridge Colby comentó la situación con cautela: según sus palabras, el Pentágono «está revisando y adaptando cuidadosamente sus enfoques, al tiempo que mantiene la preparación operativa de las fuerzas armadas estadounidenses».
El sistema de artillería de cohetes HIMARS dispara contra posiciones cerca de Bakhmut, mayo de 2023. Fuente: Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Ucrania
En la práctica política de 2025, las ideas de Colby sobre Ucrania se materializaron también en varias decisiones de gran repercusión. En agosto de 2025, por ejemplo, salió a la luz que el Pentágono había prohibido discretamente a Ucrania emplear armamento estadounidense para atacar objetivos en profundidad dentro del territorio ruso. Según reveló The Wall Street Journal, el Departamento de Defensa instauró un «mecanismo de revisión» específico para evaluar cada solicitud ucraniana de empleo de misiles de largo alcance suministrados por Estados Unidos o por sus aliados contra objetivos situados fuera del territorio ucraniano. Este procedimiento fue diseñado por Elbridge Colby en su calidad de principal responsable político del Pentágono.
En la práctica, desde el verano de 2025 Washington comenzó a bloquear los intentos de Ucrania de utilizar incluso las limitadas existencias de misiles ATACMS ya entregadas para atacar objetivos en territorio ruso. Según la investigación periodística, al menos en una ocasión se denegó a Kiev la autorización para lanzar un ataque con ATACMS precisamente mediante este procedimiento. El mecanismo también se aplica a los misiles de crucero británicos Storm Shadow, dado que su empleo depende de inteligencia proporcionada por Estados Unidos. La decisión final sobre cada uno de estos ataques requiere ahora la aprobación personal del secretario de Defensa, Pete Hegseth.
Otro ejemplo es el enfoque de Colby respecto a las garantías de seguridad para Ucrania. Cuando, en agosto de 2025, la parte estadounidense organizó en Washington una reunión con los aliados europeos y el presidente Volodímir Zelenski para debatir un posible acuerdo de paz, Donald Trump declaró inesperadamente que Estados Unidos «podría incluso ofrecer a Ucrania ciertas garantías de seguridad» una vez terminada la guerra. Sin embargo, a puerta cerrada, Elbridge Colby enfrió de inmediato las expectativas de los aliados. Según informó Politico, durante la reunión del 19 de agosto de 2025 Colby afirmó de manera explícita ante sus homólogos europeos que el papel de Estados Unidos en cualquier sistema de garantías de seguridad para Ucrania sería mínimo.
Para Ucrania, las ideas y decisiones de Elbridge Colby tienen un carácter profundamente ambivalente. Por un lado, no busca la derrota de Ucrania e incluso propone fórmulas concretas para mantener el apoyo estadounidense, aunque de forma más limitada. Por otro, sus prioridades estratégicas no favorecen claramente a Ucrania. Colby está dispuesto a exponer al país a riesgos considerables con el fin de preparar a Estados Unidos para una eventual guerra con China. Su enfoque ya ha provocado retrasos en el suministro de armamento crítico, intentos de persuadir a Kiev y a sus aliados para aceptar compromisos desfavorables, así como el establecimiento de líneas rojas de facto sobre el empleo de armamento occidental. La influencia de Colby se ve reforzada por el hecho de que se ha convertido en una referencia intelectual para todo un grupo de políticos estadounidenses escépticos respecto a la ayuda a Ucrania. Como señaló uno de sus aliados más cercanos, el senador Josh Hawley, «en ningún ámbito se manifiesta el liderazgo de Colby con tanta claridad como en el actual debate sobre la elección entre ayudar a Ucrania o contener a China».
Entre los principales riesgos derivados de esta influencia cabe destacar varios aspectos fundamentales.
El primero, y más evidente, es la posible reducción y ralentización de la ayuda militar estadounidense. Como ya se ha visto, en 2025 la administración, atendiendo a las recomendaciones de Colby, suspendió temporalmente determinados suministros de armamento alegando que ello respondía a los intereses nacionales de Estados Unidos. Si la guerra se prolonga, el influyente grupo de los llamados «realistas» podría insistir en que Washington congele la asistencia a Ucrania durante un período más largo si considera que esos recursos son imprescindibles para el teatro del Pacífico. De hecho, ya se perciben signos de fatiga dentro de una parte del establishment estadounidense: a comienzos de 2026, la administración Trump no presentó al Congreso un nuevo paquete de ayuda de gran envergadura para Ucrania, limitándose a redistribuir fondos previamente aprobados y a utilizar el mecanismo PURL. Ello refleja de forma directa la estrategia de Colby: minimizar el coste que asume Estados Unidos.
Este planteamiento implica, al mismo tiempo, un debilitamiento geopolítico del papel de Estados Unidos en Europa, lo que podría generar un vacío de seguridad especialmente peligroso para Ucrania. Colby y quienes comparten su visión sostienen abiertamente que Washington debe concentrarse en la defensa del territorio estadounidense y de su entorno estratégico inmediato, mientras que la seguridad de Europa constituye una prioridad secundaria. Este mensaje ya suscita preocupación entre los aliados europeos. En el peor de los escenarios, si el enfoque de Colby llegara a aplicarse plenamente, Estados Unidos podría regresar de facto a una lógica de no intervención en los asuntos europeos, similar a la que predominó en los años previos a la Segunda Guerra Mundial.
Los críticos advierten, además, de que esta actitud de contención podría producir el efecto contrario al deseado: tanto Moscú como Pekín podrían interpretarla como una muestra de debilidad de Occidente. Como escribió el analista Joni Askola en Kyiv Post, China observa que Estados Unidos «se está volviendo aislacionista y más débil»: «si Estados Unidos no está dispuesto a defender siquiera a Europa, su aliado histórico, ¿estará realmente dispuesto a defender Taiwán?».
El edificio del Pentágono. Fuente: Departamento de Defensa de EE. UU
La influencia de Colby sobre la política de defensa de Estados Unidos ya está configurando una nueva arquitectura estratégica para Europa, y Ucrania debe asumir esta realidad. El progresivo abandono por parte de Washington del papel de «único garante» de la seguridad y su exigencia de transferir una parte de esa responsabilidad a la Unión Europea constituyen una orientación estratégica de largo plazo.
Al mismo tiempo, conviene reconocer con franqueza que la capacidad de Ucrania para influir directamente en la posición de Colby o modificar sus prioridades estratégicas es limitada. Incluso Europa, que participa activamente en estos debates, no siempre logra encontrar receptividad en Washington. Existe, además, un precedente concreto. Cuando Ucrania propuso desplegar algunos de sus sistemas en Oriente Medio, la reacción inicial de Washington fue reservada; sin embargo, finalmente Estados Unidos decidió utilizarlos. Ello no significa que el equipo de Trump responda a argumentos retóricos. Lo que demuestra es que una prueba tangible de utilidad práctica puede producir resultados, aunque estos no sean inmediatos. Por ello, el objetivo no debe ser convencer a Colby de una supuesta «obligación moral» hacia Ucrania, sino identificar los puntos de convergencia entre su lógica estratégica y los intereses ucranianos.
En este contexto, Ucrania debería presentarse no como un solicitante de ayuda, sino como un socio capaz de reforzar las capacidades de defensa de Estados Unidos. El país ha acumulado una experiencia única en operaciones de combate de alta intensidad contra un ejército que incorpora tecnologías y soluciones tácticas de origen chino, al tiempo que ha desarrollado un modelo innovador de tecnologías militares: desde el empleo masivo de drones hasta sistemas de guerra electrónica, inteligencia de fuegos e inteligencia artificial aplicada al campo de batalla.
Para Estados Unidos, que se prepara para una posible confrontación con China, este tipo de experiencia posee un valor estratégico de primer orden. En consecuencia, Ucrania debería ofrecer no solo acceso a armamento o mecanismos de financiación, sino también programas de cooperación en investigación y desarrollo (I+D), ensayos conjuntos de nuevos sistemas de armas y transferencia de tecnologías que contribuyan a reforzar las capacidades de las Fuerzas Armadas estadounidenses ante un eventual enfrentamiento con la República Popular China.
Elbridge Colby durante una intervención pública sobre las prioridades geoestratégicas de EE. UU. Fuente: Hudson Institute
Al mismo tiempo, a Ucrania le conviene respaldar la idea de la «europeización» de la ayuda, pero siempre desde la defensa de sus propios intereses. El objetivo consiste en trabajar junto con los aliados europeos para diseñar las soluciones concretas que, previsiblemente, Colby terminará proponiendo, procurando que dichas soluciones respondan realmente a las necesidades de la defensa ucraniana. Si Washington impulsa un modelo en el que «Estados Unidos fija el estándar y Europa financia», Kiev debe participar activamente en la definición de ese estándar y no limitarse a ser el objeto de acuerdos alcanzados por otros.
Otra tarea fundamental para la diplomacia ucraniana consiste en consolidar la idea de que una defensa eficaz de Ucrania no contradice los intereses estratégicos de Estados Unidos, sino que constituye una prolongación directa de ellos. Ucrania debe encontrar la manera de demostrar que, con una inversión relativamente limitada de recursos, Washington obtiene un importante beneficio estratégico: una Rusia debilitada, una China más contenida, una OTAN reforzada y un aliado que genera experiencia práctica sobre las características de las guerras del futuro.
Si Ucrania logra ocupar correctamente ese espacio dentro de esta lógica estratégica, incluso los representantes más exigentes del sector «realista» de Washington podrían llegar a considerar a Ucrania, si no como un activo estratégico, al menos como un activo táctico cuya contribución resulta necesaria para que la estrategia estadounidense de contención de China no pierda eficacia. En última instancia, el éxito de Ucrania en Washington dependerá en gran medida de su capacidad para comprender y desenvolverse dentro de la lógica estratégica que hoy encarna Elbridge Colby.
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