Kateryna Vodzinska, experta del centro de estudios Resurgam en Asia Sudoriental y China
Andrew Caballero-Reynolds/AFP via Getty Images
El 15 de agosto de 2025, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el presidente de la Federación Rusa, Vladímir Putin, hablaron durante tres horas sobre el fin de la guerra de Rusia contra Ucrania, proyectos económicos y la futura arquitectura de seguridad.
No hubo acuerdos concretos ni anuncios de alto el fuego: el encuentro de ambos presidentes en Alaska fue más bien un preludio a largas negociaciones que podrían definir nuevas reglas del juego.
La cumbre en Alaska refleja el intento de Washington de reconfigurar el equilibrio global de poder: alejar a Rusia de China, que es el principal rival de Estados Unidos, y concentrar todos los recursos en él. En este juego, China es la tercera parte clave, sin cuya comprensión la imagen de los cambios quedará incompleta.
En la década de 1970, el presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, estableció relaciones diplomáticas especiales con China para aprovechar la tensión entre Pekín y Moscú y debilitar a la URSS.
Cincuenta años después, el entorno de otro presidente estadounidense — Donald Trump — propone realizar una maniobra en espejo: forjar una asociación táctica con Rusia para limitar a China. A esta maniobra se la llama el “reverso de Nixon”.
Pero entre aquel contexto y el actual existe una enorme diferencia. En los años setenta, la República Popular China y la URSS estaban prácticamente al borde de la guerra: se producían enfrentamientos armados, la división ideológica era profunda y los vínculos económicos insignificantes.
La visita de Nixon a Pekín abrió el acceso a tecnologías y mercados estadounidenses y ayudó a China a modernizar rápidamente su economía. Sin embargo, el efecto fue de corto plazo: ya en la década de 1980 Moscú y Pekín restablecieron sus relaciones, y hoy su cooperación alcanza dimensiones récord.
El comercio ruso-chino en 2024 superó los 240 mil millones de dólares y sigue creciendo, mientras que el comercio de Estados Unidos con Rusia representó solo unos 52 mil millones de dólares.
Los analistas del RUSI señalan que los intentos de presionar a Rusia y, al mismo tiempo, buscar compromisos con ella solo refuerzan la asociación entre Moscú y Pekín. El Kremlin utiliza la confrontación con Occidente para exigir más apoyo de China, mientras que Pekín fortalece el frente antiestadounidense.
En el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) también subrayan: a diferencia de la década de 1970, el nivel actual de interacción entre Rusia y China es sin precedentes, no existe un conflicto ideológico y la interdependencia económica es profunda; por ello, esperar un “gran divorcio” es ingenuo.
La cumbre en Alaska se celebró sin la participación de Ucrania ni de la Unión Europea, lo que permitió a Washington y Moscú discutir una cooperación económica directa. El principal instrumento de presión de Estados Unidos es un conjunto de propuestas —desde proyectos energéticos hasta el levantamiento parcial de sanciones— que, según la administración Trump, podrían interesar a la élite rusa y hacer que Putin se mostrara más flexible.
Por ejemplo, según informó la agencia Reuters, dentro de la administración Trump se debatían ideas como utilizar los rompehielos nucleares rusos para desarrollar proyectos de gas natural licuado en Alaska. Rusia posee la única flota de rompehielos nucleares del mundo, que desempeña un papel central en garantizar la navegación durante todo el año por la Ruta Marítima del Norte, un corredor estratégico para los flujos energéticos y comerciales globales.
Entre otras opciones, se mencionaba el posible regreso de la empresa estadounidense Exxon Mobil al proyecto Sajalín-1 y el suministro de equipos para las plantas rusas de licuefacción de gas.
Estados Unidos también ofrecía a Rusia adquirir tecnologías estadounidenses y sustituir con ellas componentes chinos. Circulaban además rumores de que Trump estaba dispuesto a plantear la posibilidad de desarrollar conjuntamente yacimientos árticos de tierras raras, así como levantar la prohibición de exportar repuestos para aviones rusos, la mayoría de los cuales se encuentra al borde del estado crítico debido a las sanciones.
Estas propuestas no recibieron confirmación oficial, pero muestran que la administración Trump estaba dispuesta a negociar con Moscú principalmente en un formato bilateral, dejando de lado a los aliados europeos.
Por su parte, el Kremlin intentó apelar a los intereses pragmáticos de Trump. Putin declaró que el potencial de cooperación económica entre Estados Unidos y Rusia es enorme: las partes pueden desarrollar el comercio, la energía, las tecnologías digitales, el espacio y el Ártico. Los diplomáticos rusos subrayaron que habían incluido en la delegación a jefes de ministerios energéticos y financieros precisamente para discutir posibles acuerdos de negocios.
Para China, la cumbre en Alaska es una señal de alarma. Pekín observa atentamente si Washington podrá alejar a Moscú y cambiar el equilibrio de poder en el triángulo Estados Unidos–China–Rusia.
Funcionarios y analistas chinos reconocen que la mejora de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia podría reducir la dependencia de Moscú respecto de Pekín. Al mismo tiempo, China mantiene su propio interés en la prolongación de la guerra ruso-ucraniana, que desvía recursos de Occidente y obliga a Moscú a aceptar condiciones comerciales desfavorables con Pekín. En la capital china consideran que la continuación de las hostilidades mantiene a Rusia “en órbita” y evita que Washington concentre plenamente su atención en la región del Indo-Pacífico.
La dependencia de Rusia hacia China ha aumentado desde 2022. El volumen del comercio bilateral en 2024 superó los 240 mil millones de dólares. Pekín compra activamente recursos energéticos rusos, suministra tecnologías y se convierte en el principal acreedor de Moscú. China posee palancas de influencia sobre Rusia gracias a sus volúmenes de importación y a su posición monopólica en el ámbito de los equipos de alta tecnología. No obstante, hasta ahora no ha ejercido presión económica contra Moscú.
Pekín busca evitar un conflicto abierto con Estados Unidos y no quiere quedar atrapado entre Washington y Moscú. Algunos comentaristas chinos advierten que una solución pacífica sería beneficiosa, ya que impulsaría el comercio entre Rusia y China, mientras que otros aconsejan mantenerse alejados de la posible “papa caliente”: la propuesta de Putin de involucrar a China en las garantías de seguridad para Ucrania.
En cualquier caso, en Pekín interpretan la estrategia de Trump a través del prisma de la competencia por la influencia en Eurasia. Si Estados Unidos reduce la presión de las sanciones y ofrece a Rusia acceso a tecnologías estadounidenses, China corre el riesgo de perder a un socio exclusivo y debilitar su posición en Eurasia.
Para Rusia, la excesiva dependencia de Pekín se ha convertido en casi una cuestión existencial. Las sanciones tras 2022 privaron al Kremlin del acceso a los mercados occidentales, y China se convirtió en la principal fuente de divisas y tecnologías.
Parte del establecimiento ruso teme que Moscú se transforme en un socio menor, obligado a aceptar las exigencias chinas. Por ello, para Putin, los intentos de Trump de abrir la cooperación económica con Estados Unidos resultan atractivos: ofrecen la oportunidad de reducir la influencia china, acceder a tecnologías occidentales y obtener ganancias de proyectos conjuntos en el Ártico.
Sin embargo, la mayoría de la clase política rusa entiende que las perspectivas de un “giro hacia Occidente” son limitadas. Los intereses estratégicos compartidos con China —contrarrestar a Occidente, abandonar el dólar en los pagos mutuos y cooperar en el sector militar-industrial— hacen que una ruptura sea poco probable.
Los analistas señalan que, incluso si Moscú accede a ciertas concesiones con Washington, lo hará como un recurso de negociación frente a Pekín, y no como un cambio verdadero de rumbo. En esencia, el Kremlin busca equilibrar fuerzas mientras incrementa su propia autonomía.
En Estados Unidos existen numerosos críticos de la idea del “reverso de Nixon”. Dentro del partido gobernante, no todos están dispuestos a hacer concesiones a Putin, especialmente si ello implica sacrificar los intereses de Ucrania.
La senadora por Alaska, Lisa Murkowski, calificó a Putin de criminal de guerra y enfatizó que cualquier acuerdo debe hacerse con la participación del presidente de Ucrania y bajo las condiciones ucranianas. Ella duda de que la cumbre logre la paz, pero apoya un avance gradual.
Muchos republicanos y demócratas consideran que la idea de alejar a Rusia de China está condenada al fracaso, ya que requeriría concesiones que contradicen principios fundamentales: el apoyo a Ucrania y la unidad con los aliados europeos. Los analistas de la Heritage Foundation advierten que, incluso si el “engagement” ayuda a reducir la dependencia de Moscú respecto a Pekín, no llevará a una ruptura estratégica y podría simplemente fortalecer la posición de Putin.
Ucrania se ha encontrado en el centro del juego global. Si Estados Unidos reduce la presión de las sanciones y ofrece a Rusia “incentivos” económicos, Kyiv corre el riesgo de verse sometido a presión diplomática. Durante la cumbre, Putin supuestamente propuso la retirada de las fuerzas ucranianas del Donbás a cambio de un alto el fuego. Para Ucrania, esto es inaceptable. Sin embargo, la presión prolongada y la perspectiva de beneficios económicos podrían llevar a Occidente a instar a Kyiv a hacer concesiones.
Estados Unidos podría ofrecer a Rusia una combinación de condiciones, incluyendo la apertura del mercado estadounidense a empresas rusas, pero estos escenarios dependerán de la disposición de Moscú a hacer concesiones en el frente y de la postura de China. Cualquier acuerdo realizado a espaldas de Ucrania socava su soberanía y envía a Pekín la señal de que las fronteras pueden cambiarse por la fuerza.
Estados Unidos apuesta por reorientar la política global desde Europa hacia la región del Indo-Pacífico. Si la administración Trump logra al menos una neutralidad parcial de Rusia, podrá liberar recursos para competir con Pekín.
Pero el fortalecimiento de la asociación ruso-china, el rápido crecimiento del comercio bilateral y las relaciones personales entre Xi Jinping y Putin indican que la ruptura del “eje de las autocracias” probablemente no ocurrirá. En el peor de los casos, los esfuerzos de Washington podrían tener el efecto contrario: el Kremlin y Pekín se unirían aún más contra Estados Unidos, exigiendo concesiones del Oeste en distintos frentes.
Para Europa, los riesgos son evidentes. Si Estados Unidos centra su atención en China y reduce su presencia en Europa, los países de la UE tendrán que garantizar su seguridad por sí mismos y seguir apoyando a Ucrania. Los líderes europeos ya se están preparando para ello: según Politico, en Bruselas consideran la cumbre como un “gesto de Trump” y están listos para reforzar las sanciones contra Rusia en caso de que fracasen las negociaciones.
La cumbre en Alaska se convirtió en la primera prueba de la ambiciosa estrategia de Trump de alejar a Moscú de Pekín. En el centro de este juego sigue estando China. Pekín interpreta las negociaciones a través del prisma de sus propios intereses, buscando mantener a Rusia en su órbita y evitar que Estados Unidos se concentre en la región del Indo-Pacífico. Washington puede ofrecer acuerdos comerciales y preferencias temporales, pero difícilmente podrá compensar las ventajas que Rusia obtiene de su cooperación con China.
Para Ucrania, el mayor peligro radica en que las grandes potencias negocien sin su participación. Mientras el conflicto continúe, Kyiv debe fortalecer sus alianzas con Europa y Estados Unidos para no convertirse en moneda de cambio en el juego geopolítico.
En última instancia, China en este juego no es una periferia ni una sombra: es el beneficiario central y, al mismo tiempo, el principal irritante de toda la estrategia estadounidense. Cada paso en las relaciones de Trump con Putin se evalúa en función de lo que Pekín gana o pierde. Solo la comprensión de esta realidad puede ayudar a Ucrania y Europa a proteger sus intereses.
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