Danylo Vovchenko, analista de política de la región del Indo-Pacífico, especialmente para Resurgam
Foto oficial del secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, con los líderes de los países socios de la OTAN de la región Indo-Pacífico en la cumbre de Vilna, el 12 de julio de 2023. De izquierda a derecha: el primer ministro de Australia, Anthony Albanese; el primer ministro de Japón, Fumio Kishida; el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg; el primer ministro de Nueva Zelanda, Christopher Hipkins; y el presidente de la República de Corea, Suk Yeol Yoon. Fuente: OTAN
El intento de poner en práctica este proyecto tuvo lugar en 1954, cuando se fundó la SEATO (South-East Asia Treaty Organization). Sin embargo, esta iniciativa no logró alcanzar la magnitud y estructura de la OTAN debido a las discrepancias entre los miembros de dicha organización. Por eso, la cuestión de la seguridad en la región Asia-Pacífico siguió siendo relevante durante varias décadas.
En el contexto actual, ante las crecientes amenazas por parte de China y otras autocracias, la cuestión de la implicación de los principales socios de Estados Unidos fuera de la OTAN en la región Asia-Pacífico ha adquirido un nuevo significado. El fortalecimiento de la cooperación económica, militar y política sobre la base de acuerdos exclusivos permitió renovar los acuerdos meramente informales, respaldados por un gesto simbólico pero importante: la invitación a representantes de Australia, Nueva Zelanda, Corea del Sur y Japón a la cumbre de la OTAN de 2022 en Madrid.
La reactivación del proyecto de construcción de una arquitectura de seguridad clara en la región del Pacífico se produjo con la ayuda directa de la administración de Joe Biden, 46º presidente de Estados Unidos, que subrayó la importancia de profundizar la cooperación entre la OTAN y los países del IP4 (Indo-Pacific Four). Este aspecto es muy importante, especialmente teniendo en cuenta el cambio de rumbo de la política exterior de Estados Unidos con la llegada al poder de Donald Trump.
Ucrania tiene un claro interés en el establecimiento de una arquitectura de seguridad estable y fiable en la región Asia-Pacífico, dado el potencial de un largo plazo de cooperación con los países de esta región, en particular con Australia y Nueva Zelanda, que brindan apoyo político, militar y humanitario en la lucha contra Rusia.
La idea de crear una “OTAN del Pacífico” tiene raíces antiguas, pero fueron precisamente Australia y Nueva Zelanda –como países de la Commonwealth (la Mancomunidad de Naciones, unión de Estados independientes que formaron parte del Imperio Británico)– quienes desempeñaron de forma constante un papel decisivo en la configuración de la arquitectura de seguridad en la región. Fueron los primeros Estados fuera del espacio euroatlántico que aspiraron a extender el sistema de seguridad colectiva siguiendo el modelo de la OTAN.
En 1951 se firmó el primer tratado de seguridad ANZUS (Australia – Nueva Zelanda – Estados Unidos), que preveía la concesión de garantías de ayuda mutua en caso de ataque contra uno de los Estados miembros en el Pacífico, convirtiéndose así en el eco pacífico del sistema transatlántico de seguridad colectiva. El pacto ANZUS fue firmado siguiendo el modelo de la OTAN en Europa, pero difería sustancialmente en su estructura organizativa y en el alcance de las obligaciones recíprocas de asistencia en caso de ataque armado (que en el propio ANZUS eran más limitadas).
En 1955, como resultado de la firma del Tratado de Manila, se creó la Organización del Tratado del Sudeste Asiático (SEATO). La integraban ocho Estados: Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Australia, Nueva Zelanda, Pakistán, Tailandia y Filipinas. Formalmente, la organización debía convertirse en un equivalente asiático de la OTAN, pero desde el inicio se distinguió de ella por la ausencia de una estructura institucional, de un mando militar integrado y de una estrategia de defensa coordinada.
Las principales tareas de la SEATO eran:
contener la expansión de los regímenes comunistas en el Sudeste Asiático;
garantizar la defensa colectiva en caso de agresión externa;
apoyar la estabilidad política y el desarrollo económico de los Estados de la región;
mantener las posiciones estratégicas de los países occidentales, en particular la seguridad de las rutas marítimas y la influencia geopolítica de Estados Unidos y sus aliados.
Al mismo tiempo, en el funcionamiento de la SEATO se manifestaron numerosas contradicciones que con el tiempo socavaron su viabilidad. En primer lugar, los miembros de la organización tenían distintos niveles de interés en las acciones conjuntas: Estados Unidos veía la SEATO como un instrumento en la confrontación con el comunismo (especialmente en Vietnam), mientras que Francia y el Reino Unido permanecían relativamente pasivos. En segundo lugar, la ausencia de un mecanismo militar común y de auténticas garantías colectivas de seguridad hacía que la organización fuese poco eficaz. En tercer lugar, muchos países de la región (Indonesia, Birmania, Malasia, Singapur) no se adhirieron al pacto, lo que ponía en duda su carácter representativo. Finalmente, la derrota de Estados Unidos en la guerra de Vietnam socavó definitivamente la confianza en la capacidad de la SEATO para cumplir sus objetivos.
Como consecuencia de estos factores, en 1977 la organización fue oficialmente disuelta. Al mismo tiempo, cabe señalar que esos mismos intereses comunes –garantizar la seguridad regional, contrarrestar influencias externas y proteger las comunicaciones estratégicas– no han perdido su relevancia hoy en día, a pesar de los importantes cambios geopolíticos de los últimos cincuenta años.
Australia y Nueva Zelanda tenían una característica particular en comparación con otros países de la región Asia-Pacífico. Se trataba de su posición activa no solo a nivel regional, sino también en el marco de la propia Commonwealth, lo que permitía mantener estrechos vínculos militares, políticos y culturales con la antigua metrópoli, el Reino Unido. Esa afinidad les otorgaba un “doble rostro” específico: por un lado, la orientación hacia Estados Unidos como socio estratégico en materia de seguridad y comercio; por otro lado, la integración histórica y política en el sistema de la Commonwealth.
Sin embargo, ese espacio histórico y político común no evitó la crisis de los años 80 del siglo XX en el marco del acuerdo de seguridad ANZUS, durante la cual Nueva Zelanda cambió su política nuclear, poniendo fin así a la cooperación con Estados Unidos en materia de seguridad. Se trata de una serie de leyes aprobadas entre 1984 y 1987 que prohibían la entrada en los puertos neozelandeses de buques que llevaran armas nucleares a bordo o que se desplazaran con propulsión nuclear. Esta postura formaba parte de una estrategia más amplia de proclamación de Nueva Zelanda como “zona libre de armas nucleares”, lo que contradecía directamente la posición de Estados Unidos, que tradicionalmente no revelaba si sus buques militares portaban cargas nucleares. Esto condujo a la congelación de la cooperación militar entre Wellington y Washington en el marco del ANZUS.
Australia, por su parte, continuó su activa interacción con el Reino Unido y Estados Unidos, que se desarrolló en el futuro. Pero después de estos acontecimientos, el proyecto de una alianza político-militar en el espacio del Pacífico desapareció de la agenda durante muchas décadas, debido tanto a la ausencia de amenazas reales como al final de la Guerra Fría.
Un nuevo impulso para ampliar la cooperación apareció únicamente durante la administración del presidente Joe Biden. En 2021 se firmó el acuerdo AUKUS, que unió a Australia, el Reino Unido y Estados Unidos. Esto se convirtió en el ejemplo más destacado de la renovación de la asociación estratégica anglosajona en un contexto de crecientes amenazas en la región.
AUKUS contempla varias áreas clave:
transferencia de tecnologías militares y desarrollo de la cooperación en la industria de defensa entre los tres Estados;
ayuda a Australia para crear su propia flota de submarinos nucleares, lo que cambia sustancialmente el equilibrio de fuerzas en la región indopacífica;
desarrollo de capacidades conjuntas en ciberseguridad, inteligencia artificial, tecnologías cuánticas y sistemas submarinos;
profundización de la integración militar entre Estados Unidos, el Reino Unido y Australia para garantizar la libertad de navegación y contener la creciente presencia militar de China.
De este modo, AUKUS se convirtió no solo en una alianza defensiva, sino también en un instrumento de replanteamiento estratégico a largo plazo del papel de los Estados anglosajones en la seguridad del espacio indopacífico.
Mapa AUKUS. THINKING IN SPACE
Durante muchos años, Nueva Zelanda se mantuvo al margen de estas cuestiones, pero en los últimos años el país ha empezado a mostrar cierta disposición a actuar en la dirección de reforzar la seguridad regional. Esta determinación se refleja en la participación directa de Nueva Zelanda en las cumbres de la OTAN de 2022 a 2024.
De este modo, la contribución histórica de Australia y Nueva Zelanda a la formación de la arquitectura de seguridad regional no puede separarse de su pertenencia a la Commonwealth y de sus estrechos vínculos con el Reino Unido. Precisamente estos países se convirtieron en un puente entre Europa y la región Asia-Pacífico, sentando las bases para el debate actual sobre un “OTAN del Pacífico”.
El presidente de los Estados Unidos, Joseph Biden, anuncia la nueva iniciativa de seguridad nacional AUKUS en la Casa Blanca junto con el primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, y el primer ministro de Australia, Scott Morrison, el 15 de septiembre de 2021. Foto: BJ Warnick/Newscom/Alamy
En la etapa actual, el debate sobre una “OTAN del Pacífico” adquiere un nuevo significado. No existe en la región una alianza formal similar a la transatlántica. Pero en su lugar hay una red de formatos de seguridad en los que Australia y Nueva Zelanda desempeñan un papel destacado.
El factor directo de la activación de los procesos de consolidación de los países en la región del Pacífico son las crecientes amenazas por parte de China, cuya política exterior se está volviendo cada vez más agresiva. Aunque la nueva administración estadounidense encabezada por Donald Trump tiene como objetivo contrarrestar a China, lo hace de manera poco acertada respecto a los socios clave de la región, en particular Australia y Nueva Zelanda. Si en tiempos de Biden se ponía el acento en la restauración de las relaciones de alianza y en un enfoque multilateral, en junio de 2025 la nueva administración de Donald Trump, encabezada por el asesor Colby, declaró un rumbo hacia el refuerzo de la prioridad de la contención de China y la reorientación de los recursos estadounidenses hacia el teatro indo-pacífico. Esto significa que Washington sigue considerando la región como el principal espacio de rivalidad geopolítica, pero pone el énfasis en una distribución más pragmática de las obligaciones aliadas y en la presión sobre los socios para que asuman una mayor parte de los costes de seguridad.
Tras la participación de los principales países democráticos de la región Asia-Pacífico en las discusiones a nivel de la Alianza Atlántica, el año 2025 se caracterizó por la ausencia de sus delegaciones en la siguiente cumbre de la OTAN en La Haya. Aunque Estados Unidos no renuncia a los mismos formatos de seguridad con cada país por separado, la nueva administración ya no impulsa la creación de una plataforma de seguridad más organizada y formal, lo que pone en duda su establecimiento en un futuro próximo.
Las causas de ello radican en las contradicciones internas de la política estadounidense. Por un lado, Washington reconoció la región indo-pacífica como el principal teatro de confrontación geopolítica y declaró prioritaria la contención de China. Por otro, la cautela de la administración en promover nuevos mecanismos internacionales se explica por el deseo de trasladar la mayor parte de los costes a los aliados, así como por evitar compromisos excesivos.
Esta estrategia presenta varias debilidades notables. En primer lugar, los aliados de Estados Unidos perciben esta postura como un signo de incoherencia, lo que socava la confianza en el liderazgo estadounidense. En segundo lugar, la ausencia de un formato común pone en duda la eficacia de la respuesta colectiva a los desafíos, creando un sistema fragmentado de acuerdos bilaterales. En tercer lugar, esto da a China la oportunidad de maniobrar diplomáticamente: Pekín puede trabajar con cada Estado por separado, aprovechando las divergencias entre socios y ofreciendo incentivos económicos.
De este modo, a pesar del interés oficialmente declarado en contener a China, el rumbo actual de Estados Unidos parece una política fallida, ya que no conduce a la creación de un mecanismo institucional de seguridad unificado, sino que, por el contrario, profundiza la fragmentación y reduce su disposición a actuar conjuntamente.
¿Existe una alternativa? Aquí se pone de relieve la particularidad de Australia y Nueva Zelanda, que siguen siendo miembros de estructuras de la Commonwealth, en particular la alianza Five Eyes (alianza de inteligencia de cinco países angloparlantes: Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda). Five Eyes se formó ya a mediados del siglo XX como un mecanismo de intercambio de inteligencia y de cooperación técnica en el ámbito de la vigilancia electrónica, mucho antes de que comenzaran los debates sobre la posible creación de una “OTAN del Pacífico”.
Sin embargo, Five Eyes es ante todo una alianza de inteligencia, no un bloque político-militar. Por tanto, considerarla una alternativa completa a una alianza de defensa formal es incorrecto: asegura la coordinación en la recopilación y el análisis de información, pero no prevé un mando común ni acciones militares colectivas. Las afirmaciones sobre la posibilidad de “controlar toda la región Asia-Pacífico” solo con esta estructura son una exageración: Five Eyes permite reforzar el conocimiento situacional y contrarrestar amenazas de manera conjunta, pero no puede sustituir a una alianza institucional como la OTAN.
Además, teóricamente, el papel de Estados Unidos en Five Eyes puede ser revisado: ya hubo precedentes cuando surgieron tensiones en las relaciones (por ejemplo, en 2013 tras la filtración de información de Edward Snowden y los debates sobre el acceso desigual de los socios a los datos de inteligencia). Aunque la salida de Estados Unidos de la alianza es prácticamente imposible, Washington sí puede modificar el nivel de intercambio de información o restringir el acceso de determinados socios, lo que ya ha sido objeto de debate en varias ocasiones.
La alternativa bajo el paraguas de la Commonwealth no puede abarcar toda la región no solo por las limitaciones de Five Eyes como alianza de inteligencia, sino también por la necesidad de implicar a otros países líderes de la región indo-pacífica. Además, un problema importante son las diferentes visiones estratégicas de los países de la región. Mientras que Australia y Nueva Zelanda están fuertemente orientadas a la cooperación con los aliados occidentales, Japón como gigante económico y la República de Corea como potencia militar tienen sus propias estrategias de defensa vinculadas a amenazas regionales directas. Sin embargo, todos ellos comparten la comprensión común de los peligros que plantea el llamado “Eje de Autócratas” (China, Rusia, Corea del Norte e Irán).
La perspectiva de unir a los países del espacio indo-asiático parece a la vez probable e improbable, porque existe un factor serio que puede jugar tanto a favor de la creación de una “OTAN del Pacífico” como retrasar este proceso durante décadas: la pasividad de Washington.
Dado que la necesidad de mantener la estabilidad en la región será cada año más acuciante, existe la posibilidad abierta de implicar a Europa como árbitro para establecer una alianza formalizada entre los países democráticos de la región indo-asiática. Australia y Nueva Zelanda pueden desempeñar un papel clave en este proceso, ya que mantienen vínculos políticos, históricos y económicos más estrechos con Europa.
Sin embargo, surge la cuestión: ¿es realmente capaz Europa de desempeñar la función de árbitro, teniendo en cuenta que la eficacia de su propio sistema de seguridad colectiva y su influencia geopolítica son a menudo objeto de dudas? Por un lado, la Unión Europea y la OTAN están interesadas en mantener la libertad de navegación, proteger las rutas comerciales y garantizar el acceso a los mercados de la región indo-pacífica. Además, los Estados europeos son cada vez más conscientes de que la estabilidad en este espacio influye directamente en su seguridad económica. Por otro lado, las limitadas capacidades militares y las divergencias internas entre los Estados miembros ponen en duda la capacidad de Europa para actuar como un verdadero garante o mediador.
Así pues, los intereses de Europa residen más bien en proteger los corredores económicos y comerciales que en asumir un papel de liderazgo en la creación de una nueva alianza regional. Esto determina que su participación pueda tener un carácter auxiliar, y no decisivo, en la formación de la arquitectura de seguridad en la región indo-pacífica.
«El eje de los autócratas»: Vladimir Putin, Xi Jinping y Kim Jong-un llegan al desfile militar en Pekín, el 3 de septiembre de 2025
En el contexto de la guerra ruso-ucraniana, Ucrania se integra cada vez más en el sistema de seguridad occidental, que la une con los países de la región indo-asiática que recorren un camino casi idéntico. Aunque la plena pertenencia de Ucrania a la OTAN sigue siendo solo una perspectiva, lo importante para Kiev es establecer vínculos con los socios de la Alianza fuera de Europa. En este contexto, Australia y Nueva Zelanda, como miembros activos de la Commonwealth y participantes clave en los formatos indo-pacíficos, se convierten en aliados valiosos.
En primer lugar, Australia ya es uno de los mayores donantes de ayuda financiera y militar a Ucrania entre los Estados no europeos, cuya suma total asciende a unos 1,5 mil millones AUD (dólares australianos), o 990 millones USD (dólares estadounidenses), de 2022 a 2025. Canberra proporcionó una ayuda significativa a Ucrania en forma de suministros activos de una amplia gama de armas, desde vehículos blindados hasta municiones y artillería. Estas acciones decididas subrayan la disposición de Australia a actuar no solo en el espacio regional, sino también su aspiración a actuar globalmente junto con los principales países de Europa y Norteamérica.
En segundo lugar, la cooperación con Nueva Zelanda, que tradicionalmente es más cauta en el sentido militar, abre para Ucrania oportunidades en las esferas de la ciberdefensa, la seguridad de la información y la lucha contra la desinformación. Nueva Zelanda tampoco se quedó al margen en el contexto de la ayuda material a Ucrania, destinando desde el inicio de la agresión a gran escala de la Federación Rusa más de 152 millones NZD (dólares neozelandeses), o 89 millones USD (dólares estadounidenses). Las acciones dirigidas de Wellington en el marco del IP4 junto con Canberra y la estrategia coherente de apoyo a Ucrania refuerzan la coordinación colectiva y la interacción entre los países democráticos de la región.
En tercer lugar, la red de tratados en la que están integrados ambos países (AUKUS, Five Eyes y la asociación con la OTAN) puede convertirse en un canal importante para la cooperación tecnológica y de inteligencia. Para Ucrania, esto abre un camino directo hacia la obtención de soluciones innovadoras en el ámbito de la inteligencia artificial, los sistemas no tripulados y la vigilancia.
En definitiva, la implicación de Australia y Nueva Zelanda en los debates globales sobre seguridad subraya que el apoyo a Ucrania frente a la agresión de la Federación Rusa deja de ser una cuestión meramente europea. Esta cooperación, el deseo de unir recursos militares y de aprovechar las capacidades tecnológicas se convierten en indicadores importantes de la disposición del mundo democrático a resistir conjuntamente la agresión. Para Kiev, todo ello puede proporcionar un espacio más amplio para maniobras diplomáticas y abrir nuevas oportunidades en el marco de los nuevos formatos internacionales de seguridad.
Reunión entre el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, y el primer ministro de Australia, Anthony Albanese, en Kiev, el 3 de julio de 2022
En primer lugar, una “OTAN del Pacífico”, en el pleno sentido del término, no existe a septiembre de 2025. En su lugar funciona una red de formatos de seguridad separados con casi todos los socios estratégicos de la OTAN en la región indo-asiática. Pero, teniendo en cuenta la situación actual y las crecientes amenazas por parte de China, todo puede cambiar en cuestión de años o incluso meses. Todo depende de la disposición de los propios países de la región a hacer frente a amenazas existenciales y de la postura, el apoyo y la implicación de Estados Unidos y de otros países de la OTAN.
En segundo lugar, Australia y Nueva Zelanda, a pesar de su relativamente pequeña población, de sus limitados recursos militares y de sus problemas internos, son un puente principal entre Europa y la región indo-pacífica, lo que puede convertirse en un factor sustancial en el contexto de la creación de un nuevo sistema de seguridad en el espacio del Pacífico. En particular, los vínculos con el Reino Unido a través de la Commonwealth les brindan la posibilidad de desempeñar un papel clave como integradores entre la arquitectura euroatlántica y una posible arquitectura de seguridad indo-pacífica.
En tercer lugar, sin duda, la invasión rusa de Ucrania se ha convertido en un catalizador para la reanudación de los debates sobre posibles métodos alternativos de defensa frente a regímenes autoritarios agresivos. El apoyo directo y decidido de Australia y Nueva Zelanda no solo fue un gesto simbólico, sino también práctico. El hecho de que Australia y Nueva Zelanda hayan empezado a ayudar activamente a Ucrania ya nos indica que comprenden las consecuencias geopolíticas de esta guerra, que tiene lugar a miles de kilómetros del Pacífico.
Además, la cuestión de la ayuda a Ucrania se ha convertido en un factor de consolidación no solo para los países europeos, sino también para los países democráticos de la región indo-pacífica, lo que también es importante en el contexto de la posible creación de una arquitectura de seguridad alternativa en el espacio del Pacífico.
Estamos viendo con nuestros propios ojos cómo, en el contexto de crecientes amenazas en el mundo, la arquitectura global de seguridad de posguerra se desmorona y crea un vacío que debe llenarse con otra cosa. Esto obliga a los países no alineados a buscar alternativas, que pueden ser alianzas regionales con instituciones claramente formadas, una estrategia común y la determinación de responder a las amenazas. En este contexto, la OTAN como sistema de seguridad euroatlántica puede servir de modelo, que puede tomarse como base para la creación de una nueva organización en cualquier región, incluida la indo-pacífica.
Al mismo tiempo, es importante subrayar la importancia de reorganizar y optimizar los posibles formatos similares a la OTAN, porque ya ahora podemos ver cómo esta organización simplemente sufre de sutilezas burocráticas que crean serios problemas para la aplicación de la defensa colectiva. Objetivamente, una OTAN del Pacífico es necesaria, pero no como una máquina burocrática que se estorbe a sí misma, sino como una fuerza lo suficientemente seria, un contrapeso al “eje de los autócratas” y un garante de la seguridad en la región. Sin embargo, qué forma tendrá esta “alianza” y cuándo llegará el momento de su creación, sigue siendo una cuestión abierta.
Puede que te interese